Amanecí contento ese sábado por la mañana. Me había invitado FORMA a una reunión de jóvenes estudiantes de bachillerato interesados en los problemas del país y en hacer algo para darles respuesta. Si un grupo de jóvenes puede sacrificar un día del fin de semana, en plena época de exámenes, para reunirse y escuchar y exponer y discutir, en Venezuela hay esperanza.
FORMA, que viene de formación y acción, es una asociación que lleva dos años trabajando, desde que fue fundada por estudiantes de universidades con sede en Caracas. Muchachos de la Monteávila y la Central, la Católica y la Metropolitana. Del grupo son miembros algunos larenses, en quienes he continuado la amistad que ya tenía con sus padres. Me estimula mucho apreciar su seriedad, la alegría con la cual encaran su trabajo que es, digámoslo claro, su lucha. También me conforta verlos sosteniendo y atreviéndose a defender valores.
Días atrás había tenido una conversación larga en Chacao con el alcalde Leopoldo López. Lo visité junto a Andrés Stambouli por razones universitarias. Andrés dirige el Centro de Estudios de Gobierno y quien escribe coordina la Especialización en Gerencia Pública de la Universidad Metropolitana. Salí con la sensación refrescante de encontrarse con un político joven que toma en serio su responsabilidad de gobernar. Que tiene ideas y desarrolla proyectos. Que comprende, y siente, los graves problemas sociales de Venezuela y está claro en que ellos deben enfrentarse de verdad. Esto es, asumiendo su verdad y planteando para ellos políticas de verdad. Puede uno estar o no de acuerdo con gente como él, puede que no coincida en esta o aquella propuesta, pero para mí lo importante es constatar que en este país hay gente joven pensando, gente joven haciendo, todo ello sin conformarse, sin rendirse, sin dejar de soñar. El tipo de gente que hace falta.
En ambos casos, con los muchachos de FORMA y con el alcalde López, sentí el tipo de mística que un día fue el resorte que me lanzó a la política, que puede ser la más honorable, la más emocionante, la más hermosa de las aventuras.
Entre los jóvenes venezolanos hay mucha duda. La duda en sí misma no es mala y es muy juvenil. Si conduce a plantearse las cosas de otra manera y reta a intentar hacerlas, puede ser un gran motor para los cambios. Pero si la duda apaga el entusiasmo y nos pone a buscar alguna puerta de escape, es la mejor garantía de que las cosas nunca cambiarán, como no sea para empeorar.
Por eso es que insisto en que en países como éste la indiferencia es imposible. Si pudiéramos lograr permanecer al margen y lograr que la sociedad nos dejara quietos, en una burbuja feliz con la gente y las cosas que nos gustan, a lo mejor sería válida la opción del aislamiento, el viejo sueño de la isla de la fantasía. Pero no podemos. La realidad nos persigue y tarde o temprano nos alcanza. Como alcanzó trágicamente la omnipotencia del poder incontrolado, la ola de la violencia impune, a los tres estudiantes de la Universidad Santa María una noche de un lunes cualquiera en Maracao. Uno no puede quedarse de brazos cruzados. Debemos hacer y además, podemos hacer.
Pesimismo y optimismo nos son presentados como dilema de hierro. La verdad es que ambos son unos impostores. Pesimismo viene de pésimo, el superlativo de malo, lo mismo que optimismo proviene de óptimo, el superlativo de bueno. Y las cosas de la vida humana nunca suceden de ese modo. Jamás son insuperablemente buenas ni absolutamente malas. Sobre todo, no son definitivas e inmodificables. Lo grande de ser humano es que tenemos la posibilidad de mejorar nuestras obras, porque no somos perfectos y siempre habrá algo qué hacerles. A las nuestras y a las de otros.
No hay que rendirse. Hay que atreverse.
Ramón Guillermo Aveledo